SERRA y el arte como arado

por Miguel López-Remiro Forcada

La Materia del Tiempo

Vista superior de La Materia del Tiempo

Desde el año 2005 el Museo Guggenheim Bilbao expone de manera permanente una obra realizada por Serra para un espacio específico de este Museo, una de las salas más excepcionales del edificio de Frank Gehry, la sala Fish que discurre por debajo del puente de La Salve. Bajo el título de La Materia del Tiempo, este conjunto escultórico conformado por 8 grandes obras (realizadas en acero cortén) ocupa de una manera apoteósica esta sala de más de 100 metros de envergadura, y es considerado en la actualidad como uno de los más importantes hitos del arte de nuestro tiempo.

Serra, ahora galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, define el propósito de esta intervención de una manera aguda, explicando que el objeto artísico perseguido es el de retratar el discurrir del tiempo de quien experimenta su obra. El tiempo siempre ha estado presente en la obra de arte, piénsese en el cuadro de las Hilanderas de Velázquez en el cual el tiempo es reflejado de una manera magistral junto a la velocidad de la rueda, o en las Meninas en el cual entramos por un instante en un momento de encuentro con el artista en plena creación haciéndonos sentir como si estuviéramos siendo retratados, “Me veía retratado en el cuadro como sustituto del tema del cuadro del caballete” ha dicho Serra con respecto a las Meninas precisamente.

Serra en la Materia del Tiempo representa un tiempo externo a la obra, el tiempo del propio sujeto que participa en la misma, y la escultura se convierte en un pretexto para retratar nuestra experiencia estética.

Y en esto coincide con Steiner quien defiende una teoría presencial del arte, “el arte existe porque existe el otro”, en contraposición con la acepción más re-presentativa que a veces asignamos al arte como objeto. El carácter de presencia en Serra se presenta de una manera frontal, retratando e incorpora el tiempo personal, el de nuestro propio tránsito por su obra. El espectador se convierte así en el propio subject matter artístico de Serra, ocupando un papel central y convirtiéndose en un actor en un escenario de comunicación y diálogo. Rothko dijo en el año 1952 a propósito de su obra: “I want to put you back in”, Cage en el mismo año realizó su concierto de silencio. Se nos propone un arte como reflexión, como reflexión sobre el propio arte, sobre su lenguaje, sobre el significado, sobre su efecto en nuestra percepción, el arte como impacto en la experiencia, y finalmente el arte como una reflexión sobre el papel de los signos creados por el artista, también en palabras de Rothko el artista es aquel ser “born to sign”, que ayudan a entender la existencia del hombre en el mundo.

Todo el que haya recorrido el conjunto escultórico de La Materia del Tiempo recuerda y retiene el tiempo que allí pasó. Yo en particular he circulado por este paisaje en multitud de ocasiones y nunca me ha dejado de sorprender la cantidad de trucos empáticos que esta obra posee, trucos que están dirigidos justamente a enfatizar el carácter de presencia, de interlocución y de intención por meternos dentro de la obra y retratar nuestro devenir como parte de la obra: la escala impresionante, la fisicidad de la materia, el sonido que se genera por nuestro propio paso, la desorientación que nos transmite, el vértigo y la percepción de ángulos realmente complejos, y finalmente la sensación de peso y de gravedad.

Serra habló una vez de que la historia de la escultura es una historia que tiene que ver con la historia de la gravedad. Otra pieza instalada en el Guggenheim nos sirve para ilustrar y entender este interés por el peso y la gravedad. La pieza se titula Plow, que significa arado y data del año 1992. Imbuida unos escasos centímetros por uno de sus lados, siendo este aspecto imperceptible para el espectador, nos encontramos con dos imponentes placas de acero cortén que trazan un rastro imaginario en el suelo en el que están colocadas. Arar es remover, y Serra lo que realiza con su obra es removernos recordando aquella sentencia de Kolakowski a propósito de la filosofía como aquel saber que ni cosecha ni siembra verdades, simplemente remueve el terreno, es decir, mantiene despierto el deseo de verdad”.